El azulgrana duplicado

El dia 14 de maig del 2005, el Barça es va proclamar campió de lliga al camp del Llevant. Tenia prou amb un punt i que el R. madrid no guanyara al camp del sevilla. Hi vaig estar a l’estadi, feliç com un xiquet amb un tren elèctric, quina sort, el dia de Reis. El mateix dia vaig publicar al diari El País l’article que ara recupere. Tinc les mateixes sensacions avui, a poques hores de tornar a entrar al camp del Llevant.

Adquirí mi condición de “granota” por la vía genética. Pero los orígenes se convierten en ideología cuando la experiencia los confirma como fuente de identidad. En 1968, cuando los jóvenes eufóricos descubrían en París aquella redundancia según la cual debajo de los adoquines estaba la playa, mis amigos y yo, al salir del colegio, recogíamos las pelotas del Campo de Vallejo, hogar levantinista. Como premio, de vez en cuando, nos permitían lanzar un par de penaltis a Rodri ante la mirada paternal de Wanderley, Castelló o Serafín. Allí aprendí que una pena máxima canónica tiene que ejecutarse a ras de suelo, buscando la cepa del poste, o al ángulo alto, pero nunca jamás a esa altura media donde el portero tiene todas las ventajas. Y allí oí decir a un par de viejos camaradas que seguían los entrenamientos, que durante la Guerra Civil, el Levante había sido Campeón de Copa de la España republicana, tras vencer al Valencia en Sarriá por 1 a 0. La gesta era doblemente celebrada con una complicidad latente. Un título que, por cierto, continúa siendo “ilegal”.
El crecimiento urbanístico hizo que el Levante abandonara Vallejo y se trasladara, huérfano de memoria icónica, al distrito de Orriols. Nunca segundas partes fueron buenas. En la inauguración perdimos ante el Valencia por 0 a 1. Pero allí viví durante un par de años mi particular clímax futbolístico gracias a aquel cultísimo chileno que fue Carlos Caszely, el “Chino”, que nos deleitó con fintas desbordantes y regates imposibles hasta que se lo llevó –las desgracias nunca vienen solas–, el R.C.D. Español. El inevitable anticlímax, por paradójico que parezca, nos los trajo Johan Cruyff, la temporada 80-81, que nos sumió en la bancarrota y el pozo del descenso.
​Mientras tanto, por obra y gracia del maestro Pepe Claramunt, yo había comenzado a frecuentar Mestalla. Mi promiscuidad afectiva se reforzó con el traspaso al Valencia de aquel extremo incomprendido que fue Sergio. Pero, a pesar de mi identificación con la quinta de Cerveró y Saura, Mestalla siempre fue para mí un lugar incómodo, teatro de las vanidades bufas de la burguesía local. La transición política lo convirtió, de la mano de Ramos Costa, Abril Martorell y un periódico local, en campo de cruzada anticatalanista. El Valencia de aquellos tiempos también fue “más que un club” y los encuentros contra el Barça se convirtieron en akelarres sublimatorios de atávicas frustraciones. Durante años, el Valencia justificó la temporada venciendo al Barcelona en un alarde del narcisismo de la pequeña diferencia del que hablaba Sigmund Freud.
​Harto de aquel sainete de sal gruesa y tintes xenófobos, me entregué con pasión a los brazos del enemigo. Catalanista y traidor empezaban a ser sinónimos entre mis vecinos. Socializado entre gente como Vicent Ventura y la lectura de Salvador Espriu, llegué a la conclusión intelectual que las mejores identidades eran las elegidas. Cansado de mi “tierra”, creí, como el poeta, en aquel “norte, donde dicen que la gente es limpia, noble, culta, rica, libre, despierta y feliz”. Mi identidad original recobró los colores azulgranas por vía interpuesta y ganar al Madrid se convirtió en mi objetivo existencial preferente. Sólo he vuelto a Mestalla para aplaudir cada año al Barcelona.
Ahora sé que aquel nord enllà es como poco Finlandia y el domingo me emocioné ante la educación exquisita de la grada merengue. Los brujos Ronaldinho i Eto’o exorcizaron viejos fantasmas y la buena gente de Mestalla se rindió ante la belleza del fútbol de salón que practican nuestros galácticos de pa amb tomàquet. El delirio se consumará el sábado en el estadio de mi Levante U.D. Joan Fuster solía decir que cuando se enfrentaban el Valencia y el Barcelona, él prefería que ganara el Sueca. Ante el Levante-Barcelona que me divide interiormente como nunca, yo quiero que gane el Sevilla. La alegría sería doble. No: triple.

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