Postal de París

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Aquest article, el vaig publicar fa 4 anys en la revista digital Euskara Gipuzkoan en espanyol, èuscar, francès i anglès. El vaig traduir, ara fa uns mesos, al català i el vaig incorporar al llibre La desconnexió valenciana (PUV Ed., 2014). Avui els el participe en la versió original en homenatge i agraïment a la cultura laica i francesa.

POSTAL DE PARÍS
Toni Mollà

Siempre nos enamoramos a primera vista. De las personas y de los lugares. Es la sensación, al menos, que me llega a la memoria en un café del barrio Latino de París donde imagino a Juliette Gréco enseñando a Miles Davis que “todos los blancos no eran iguales”. París, la capital de nuestra juventud, es memoria de relaciones cálidas, de lecturas, de películas y tantos otros medios del imaginario –mitad intelectual, mitad sentimental– que solemos confundir con la realidad. El esfuerzo ilustrado, los intelectuales engagés, la bohemia laica y las vanguardias sibaríticas nos propusieron en su día un espejo más placentero que el nacionalcatolicismo español y la aburrida generación del 98. “En un país cerrado, el francés era nuestro idioma de evasión”, afirmaba hace años Raimon al semanario L’Express en un número dedicado a George Brassens. Y, en efecto, Brassens, Leo Ferré o Jacques Brel fueron algunos de nuestros mejores links (socio)lingüísticos con gentes ajenas y mundos desconocidos.

Mucho antes, La Constitución de Cádiz, que ahora celebra su bicentenario, la Desamortización de Mendizábal o la II República habían constituido para España un modelo de inspiración francesa radicalmente jacobino en sus infraestructuras, valores y usos lingüísticos. “Todos los paraísos tienen su serpiente venenosa”, había escrito John Steinbeck para explicar la ambivalencia de los hechos, los lugares y quizá también de los amores. Ciertamente, en el Cádiz liberal que impugnaba la España heredada de los Reyes Católicos y el Tribunal de la Inquisición, los defensores “periféricos” lo fueron también de los derechos feudales y el Santo Oficio. Pero los movimientos nacidos desde la diversidad sociocultural “ibérica” confluyeron más tarde con una cosmovisión alternativa al darwinismo heredado de aquella España absolutista y única. La II República y la lucha antifranquista vincularon quizá para siempre a los defensores de la normalización del catalán, el gallego-portugués y el euskara con las reivindicaciones más progresistas en materia social y política.

Como sabemos, la bondad de los conceptos que elaboramos para nombrar y explicar la realidad depende del contexto que los engendra. La estructura de las lenguas recoge y simboliza, en este sentido, la historia de sus comunidades lingüísticas y los grupos de pertenencia y referencia que las integran. Las propuestas actuales de sostenibilidad de la diversidad sociolingüística son, en el nuevo contexto de globalización, una cosmovisión alternativa a un mundo más unilateral que nunca a pesar de las apariencias virtuales. Nuestras lenguas simbolizan, en este contexto, una propuesta ecológica de convivencia. Las nuevas ways of seeing que impone el mundo global nos convocan a enriquecer sin cesar nuestros links sociolingüísticos. Pero la memoria del espejo francés –nuestro primer amour fou– reúne todavía todo el encanto de su ambivalencia. En él aprendimos a descubrir perfiles más allá de los usos y costumbres heredados. Y en sus reflejos descubrimos los flujos culturales que llegaban con fuerza inusitada del también ambivalente free flow of comunication anglosajón. Pero una sola canción de Charles Aznavour –J’aime Paris au mois de mai– en este café de la Rue de la Huchette nos enternece con el recuerdo del amor a primera vista y nos obliga al agradecimiento emocionado.
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