Contra les majors de la fe

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La religió –les religions, de fet– tornen a l’espai públic i condicionen la vida social i política de molts països. L’Islam, la religió jueva i, entre nosaltres, el catolicisme que no s’acaba. Ara, el govern espanyol recupera el nacionalcatolicisme i l’imposa a les escoles –l’espai públic, que hauria de ser laic, per definició.
Deixeu-me, doncs, que recupere un article ja antic, publicat el 29 d’abril del 2010 al Periódico de Catalunya. L’article, en versió en català, forma part del meu llibre La desconnexió valenciana (PUV, València, 2014).

CONTRA LAS MAJORS DE LA FE
Toni Mollà

Sabemos por experiencia que hay varias maneras de gobernar las sociedades. Desde las alturas celestiales, desde los consejos de administración empresariales o desde la legitimidad social que aportan los modernos ritos democráticos. Félix Azzati, líder del partido político de don Vicente Blasco Ibáñez en Valencia durante la época republicana, ya renegaba de la competencia desleal de la Virgen de los Desamparados, patrona de la ciudad, “porque no se presenta a las elecciones”. Y, ciertamente, las relaciones promiscuas entre estas tres fuentes de influencia social y de poder originaron perversiones como el franquismo que tanto dura, los fundamentalismos islámicos o el neoconservadurismo made in USA, ahora recuperado por las Tea Party contra el presidente Obama y sus promesas liberales.

Quizá porque en nuestro suelo patrio el estado ha sido con frecuencia refugio de piratas y aprovechados, a Dios pongo por testigo que siempre he sido un tanto descreído ante sus poderes benefactores. Sin duda, la literatura que engullimos las cincuentones durante nuestra juventud ha dejado en nosotros más poso del deseado. Sin embargo, compungido ante el encuentro con la realidad biográfica adulta, me sorprendo exigiendo la intervención normativa del estado ante los excesos del mercado y de la religión –los dos tentáculos más determinantes de la aldea global. Y, en efecto, en un mundo donde el darwinismo económico se impone en todas les esferas de la existencia, el estado regulador –¡y la desprestigiada política!– parecen mecanismos imprescindibles para asegurar una cierta igualdad entre iguales. Por otra parte, la religiosidad pública –perversiones y vicios de la carne aparte– es una obscenidad perseguible de oficio en un estado llamado democrático. Hace ya casi un siglo que el mismo Blasco Ibáñez describió en La araña negra los intereses camuflados tras ciertos hábitos y creencias religiosas. A fin de cuentas, el púlpito y los sermones son, tal como nos había enseñado antes Stendhal en El rojo y el negro, los substitutos de la espada guerrera y las cruzadas de diferente signo. No es casualidad, pues, que las grandes religiones funcionen, en nuestro mundo conocido, como conglomerados empresariales capaces de vender sus productos y servicios por encima de fronteras y culturas. La Disney o la Warner, la FOX o la MGM han tardado dos mil años en copiarles su inmemorial y contrastada estrategia de posicionamiento en el mercado de las ideas. Los actuales ejecutivos de estos grupos multimedia del entretenimiento y la comunicación son aprendices de primer año al lado de los especialistas en márqueting de las majors de la fe: capellanes, vicarios, frailes, monjas o obispos y arzobispos de las diferentes congregaciones. Rupert Murdoch y Silvio Berlusconi y sus imperios no tienen el poder de seducción del Papa de Roma, de los imanes de las mezquitas o de los rabinos de las sinagogas. La especificidad empresarial de estos comerciales de Dios en la tierra es que promueven un intangible con gran poder de persuasión: la información. Una información basada en la contestación fraudulenta a preguntas sin respuesta como la incertidumbre de la muerte y las tinieblas parejas. En el mundo occidental, sólo Hollywood podría rivalizar en poder comunicativo con la Iglesia Católica, por ejemplo, que ya distribuye su doctrina por todos los canales y formatos, incluidos el cable de fibra óptica y el satélite. La Iglesia Católica ha sabido, mejor que ningún otro grupo empresarial de vocación global, adaptarse a los tiempos y a los entornos generales y competitivos: en la autarquía de las monarquías absolutas, en el estado-nación jacobino y en el proceso de globalización. Donde podía, desde posiciones de mercado monopolístico como el caso español durante el franquismo, y exigiendo políticas anticoncentración allí donde se permitía el mercado libre de la fe. Su política ha consistido siempre en la adaptación darwinista al medio, sin miedo a cambiar, de acuerdo con la coyuntura, de discurso y plantilla. Por ello fueron los primeros en fichar a ejecutivos negros o rojos –pocos y cada día menos– si convenía a su imagen corporativa y a sus planes de futuro. No hace falta insistir en que también fueron pioneros en entender que cualquier estrategia global necesitaba una base local, de ahí que todos nuestros pueblos tengan campanario. Finalmente, sus ejecutivos han sabido crear líneas de negocio, conceptos y logotipos que responden a las exigencias de los diferentes mercados: franciscanos, jesuitas, marianistas o dominicos forman un organigrama muy funcional. Ni los mejores conglomerados han sabido copiar una cultura empresarial que genera, como en el capitalismo más perfecto, la demanda desde la oferta.

En fin, la figura del outlaw es muy atractiva desde el punto de vista literario, pero, tal como pintan las cosas, prefiero un estado que asegure la escuela, el hospital y la pensión, que controle y regule los mercados y que aleje las manos de los curas de los pecados de la carne demasiado joven. Conviene, por ello, mantener viva la vieja aspiración ilustrada de la separación de los auténticos (¡) poderes y llevar hasta sus últimas consecuencias los Checks and balances anglosajones. Es también la única opción de gobierno para aquellos que no tenemos influencias ni en el cielo ni en el FMI.

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