Idiomes per a la incomunicació

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Idiomas para la incomunicación
Toni Mollà

Samuel Billison, desaparecido hace un par de años, fue uno de los últimos code talkers, un selecto grupo de indios navajos norteamericanos que, usando su lengua tradicional, consiguió pasar información vital para los aliados durante la Segunda Guerra Mundial sin que los sofisticados sistemas japoneses pudieran descifrarlo. Los navajos eran un pueblo tranquilo que vivía en sus “montañas sagradas”, entre el sur de Utah, Arizona y Nuevo Méjico, hasta que llegaron, primero, los españoles y, después, la “gran marcha” a la que les obligó el genocidio de mediados del siglo XIX, y que les desplazó a muchas millas. Volvieron derrotados a cambio de una aculturación total presidida por el tramposo eslogan Tradition is the enemy of progress. La gente como Samuel Billison había padecido en el ejército americano toda clase de vejaciones y de prejuicios por su condición etnolingüística. Pero, como les decía, esta lengua “desconocida” obligó a los navajos a participar en una de las misiones más secretas y determinantes de la Segunda Guerra Mundial. Su lengua cumplió una función crucial gracias a que centenares de ciudadanos de este pueblo indígena de los Estados Unidos de América —sus auténticos Founding Fathers– se alistaran al ejército a partir del ataque de Pearl Harbour y se convirtieran en pieza clave en varios y determinantes frentes.

Como sabemos, Basil Bernstein estudió en Class, Codes and Control (1971) la llamada hipótesis del déficit entre determinadas variedades lingüísticas. Bernstein distinguía entre código elaborado (elaborated code) y código restringido (restricted code). El segundo, según Bernstein, es un código limitado –y que limita a sus usuarios: es inferior al elaborado, que es capaz de expresar comunicados más complejos y más expresivos. El hecho, continúa Bernstein, provoca una desigualdad de oportunidades a los usuarios, especialmente en la educación formal. Bernstein explica así, por ejemplo, el fracaso escolar de los estudiantes de clase baja, usuarios de un código restringido. A Bernstein se le escapaba, quizá, la remarcable función social de las lenguas secretas, de los códigos restringidos como códigos proteccionistas de según qué información. Los hablantes de lenguas más o menos minoritarias –y más o menos crípticas según para quien– hemos gozado alguna vez de la sombra protectora de nuestras lenguas “desconocidas”. Los euskaldunes más que los catalanoparlantes, por supuesto. Por lo tanto, los valores instrumentales de los idiomas dependen también de las funciones que les encomendemos en cada contexto u ocasión. Sin los code talkers navajos quizá nuestro mundo sería todavía diferente en su organización geopolítica.
Como ustedes deben saber también, la Generalitat Valenciana, gobernada por el Partido Popular, decidió hace ya un año boicotear la asignatura de Educación para la Ciudadanía diseñada por el gobierno central. Para ello, al consejero de Educación, Alejandro Font de Mora, no se le ocurrió otra cosa mejor que esta asignatura se impartiera en inglés. El tema fue la gota que colmó el vaso de la infinita paciencia de los educadores y educandos, que se lanzaron a una campaña sin fin contra la política educativa de mi gobierno autónomo. Al margen de otras motivaciones, el conflicto ha dejado al descubierto un par de matices que el sociólogo de la comunicación debe reseñar. Por una parte, la imposibilidad de impartir esta asignatura –o cualquier otra, por supuesto– en lengua inglesa por la falta de capacitación del alumnado, pero también del profesorado, lo cual, ciertamente, en el mundo global en que vivimos constituye un problema estructural de primera magnitud. Pero, por otra, la patética intencionalidad de un gobierno de usar el idioma más conocido del planeta como código restringido “contra” una educación de la ciudadanía necesariamente laica. Su objetivo latente no era la difusión del inglés sino más bien su uso como vehículo de incomunicación de unos contenidos y valores muy alejados del catolicismo confesional e involucionista del gobierno valenciano. Ni la presencia de code talkers en las aulas ha permitido este desmán político y sociolingüístico tan evidente. Pero, no nos engañemos tampoco con falsos orgullos lingüísticos: hasta Samuel Billison era anglófono! Al margen de nuestras creencias y valores, no creo que nosotros, ni mucho menos nuestros hijos, puedan prescindir del idioma de Paul Auster y Barak Obama, de la Disney y de Google.

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