En lengua materna

En lengua materna

En lengua materna

EN LENGUA MATERNA
Toni Mollà

Con este título, En lengua materna, el escritor Chang-Rae Lee publicó hace algunos años una novela fascinante que, entre otros méritos, constituye un documento sociolingüístico de una validez empírica irrefutable. Una novela cuyo valor avalan distinciones como el PEN Hemingway Award, el Oregon Book Award y el American Book Award. Se trata, a mi modesto entender, de una obra excepcionalmente bien escrita, y de un contenido de valor universal, más allá de la situación geográfica en que se desarrolla: la ciudad de Nueva York. Una obra paradigmática, precisamente por tratarse de una historia situada en la ciudad más importante del mundo, una ciudad que irradia al planeta global tendencias, actitudes y comportamientos. El autor, nacido en Corea del Sur, emigró a los Estados Unidos con sus padres cuando sólo contaba tres años. Con o sin trasfondo autobiográfico, que este tema nos importa poco aquí, Chang-Rae Lee describe la posición de un inmigrante en la ciudad de los rascacielos, que intenta construirse una identidad entre la complejidad de la Gran Manzana. Un americano, que domina a la perfección el idioma inglés pero que siente un extrañamiento perenne en la capital del mundo, que es su casa. “La Roma antigua” escribe Chang-Rae Lee en las páginas de En lengua materna, “fue la primera Babel genuina. La ciudad de Nueva York es quizá la segunda. Y la última, sin duda, será Los Ángeles.”

Si el sociolingüista es, además, viajero –y así conviene que sea– sabrá a la perfección de qué habla nuestro escritor. Nueva York es la primera ciudad italiana fuera de Italia, la primera irlandesa fuera de Irlanda y, por supuesto, la primera judía. Pero el viajero, a poco que conozca Nueva York, también sabe que el tópico melting-pot americano exige tanta renuncia como integración. Cualquier proceso de aculturación –y en cualquier sentido– tiene su cara y su cruz: su lado integrativo en la sociedad de recepción; pero su cara de extrañamiento y renuncia en algún sentido de la sociedad de origen. “Sin embargo”, continúa Chang-Rae Lee, “para acceder a estos esplendentes lugares, los recién llegados han de aprender el latín primario. Acallar sus ancestrales lenguas, aflojar los labios. Escuchar los heterogéneos gritos de la urbe norteamericana”. El tema no es baladí y convendría que, sin caer en alarmismos, reflexionáramos sobre la creciente localidad (cuando no, simple rusticidad) de nuestras lenguas y su expulsión de las funciones más urbanas y globales. Sobre nuestra posición en la aldea global y sobre nuestras (des)conexiones de las redes sociolingüísticas universales.

Por su parte, Isaac Bashevis Singer, el gran patriarca de las letras jíddish en Nueva York, ha narrado en sus obras el esfuerzo titánico por mantener su lengua y su etnicidad en el barrio de Brooklyn, aunque unos años antes que Chang-Rae Lee. El viajero que pasee por las calles de este barrio al otro lado del East River se encontrará todavía con los hasidim, de riguroso vestido negro y tirabuzones, y con sus mujeres ataviadas con pelucas para nosotros fuera de época y lugar. Se trata de familias de una tradición granítica que se esfuerzan en vivir en jíddish de la forma que ellos consideran más humana, desafiando a su manera aquel cementerio de idiomas que es Nueva York, que comen en los restaurantes kosher y que leen el Forverts, periódico en que trabajó como redactor el mismo Bashevis Singer. Familias que asisten regulararmente al Folsbiene Yiddish, y que cultivan el klezmer, la música popular en esta lengua.

En fin, viajar a Nueva York o a Los Ángeles es, para el hablante de lenguas no hegemónicas en el mercado global, un “viaje al futuro del imperio”, según el título de otro libro sugerente como el de Robert Kaplan. El sociolingüista tiene allí un campo inexplorado, en medio de la complejidad más absoluta de la megalópolis, centro y metáfora de la sociedad que viene. La función instrumental e integrativa del inglés en la vida del futuro y, paralelamente, la desaparición –o el mantenimiento, en su caso– de las lenguas de la identidad de procedencia son nuestro punto de reflexión más urgente. El sociolingüista no puede obviar, tampoco, que los modelos urbanos compactos tienden a la creación y al mantenimiento de un cierto espacio público. Y que los modelos suburbanos, como el de Los Ángeles, precisamente, que tanto crecen también en la costa mediterránea, desvertebran el territorio y disminuyen la cohesión social. El darwinismo cultural y sociolingüístico se impone en estas circunstancias de una forma radical. La cohabitación sociolingüística se complica en un mundo cada día más unitario, inmerso en cambios estructurales de gran calado. Y el sociolingüista acaba tan perplejo como el viajero. Su reflexión y su diagnóstico exigen la misma complejidad que la realidad que observa y estudia.

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