¿Lealtad lingüística ?

¿LEALTAD LINGÜÍSTICA?
Toni Mollà
No sé muy bien por qué, me encuentro releyendo el libro de Martin Jay La imaginación dialéctica. Una historia de la Escuela de Frankfurt (Ed. Taurus, 1974). Al final del Capítulo I, el autor narra la salida de Alemania de los miembros de la Teoría Crítica hacia el exilio norteamericano a causa del avance del nazismo. Martin Jay se detiene en entender y en explicarnos los esfuerzos de aquellos intelectuales por mantener el alemán como lengua de pensamiento y de su difusión. “Al resistir las invitaciones de sus nuevos colegas americanos para publicar en Estados Unidos”, señala Jay, “el Institut sintió que podría retener más fácilmente el alemán como el idioma de la Zeitschriff. Aunque ocasionalmente aparecieron artículos en inglés y francés y resúmenes en estos idiomas a continuación de cada ensayo en alemán, la publicación siguió siendo esencialmente alemana hasta la guerra. Era en efecto la única revista de su clase publicada en el idioma que Hitler estaba ocupado en degradar. En tal sentido, la Zeitschriff fue vista por Horkheimer y los otros como una contribución vital a la preservación de la tradición humanista de la cultura alemana, amenazada de extirpación.”

Sin duda, había muchas razones en aquel contexto para pensar, escribir y publicar en inglés. Todas ellas comprensibles. La lealtad al uso del alemán era mucho más simbólica que funcional. “En verdad, uno de los elementos claves en la imagen que el Institut tenía de sí mismo”, continua Martin Jay, “era esa sensación de ser la última avanzada de una cultura declinante. Profundamente conscientes de la relación entre lenguaje y pensamiento, sus miembros estaban así convencidos de que sólo al continuar escribiendo en su lengua materna podrían resistir la identificación del nazismo con todo lo alemán.” Sin duda, es una causa de primer orden. Una decisión que les honraba como judíos, como alemanes y como investigadores sociales. “Aunque la mayor parte del mundo de lengua alemana no tenía forma de obtener ejemplares, el Institut estaba deseoso de sacrificar una audiencia inmediata por otra futura, que se materializaría efectivamente después de la derrota de Hitler. El único subproducto lamentable de esta decisión fue el aislamiento parcial de la comunidad académica americana que esto acarreó inevitablemente.”

Hoy como entonces, los efectos colaterales de ciertas lealtades son inevitables. Las actitudes ambivalentes hacia nuestra comunidad lingüística nos acechan sin cesar. Pero ni el mal absoluto del nazismo pudo con la lealtad de unos sólidos intelectuales que no querían mancillar la lengua de Goethe, de Heinrich von Kleist o Thomas Mann. La lengua que fue también de Thomas Bernhard, quien la utilizó para maldecir de forma magistral su propia condición nacional. Esta última es quizá la plenitud absoluta de un idioma de auténtica cultura.

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