Postal americana

POSTAL AMERICANA
Toni Mollà
El emigrante es siempre el último en llegar. En Nueva Inglaterra, por ejemplo, los italianos que yo he conocido se consideran auténticos americanos. Y los rusos son ahora los inmigrantes, según estos italianos. En California, los inmigrantes son, por definición, los hispanos –en realidad, los mexicanos. Por el contrario, los canadienses no se perciben como diferentes. La lengua y la cultura les son comunes. La biología, a diferencia, del caso de los hispanos, también ayuda. El hecho de disputar la misma liga de baloncesto o de fútbol americano es un vínculo determinante.

Ahora bien, entre ellos –entre los estadounidenses, quiero decir– las diferencias son más étnicas que territoriales, lo cual, a diferencia de Europa. Sólo los hispanos tienen una cierta concentración territorial en estados como California y, aún así, de una manera muy diferente a la europea. Cada uno de esos grupos se cohesionan entre ellos –y se distinguen de los otros– de formas particulares. Los afroamericanos, por ejemplo, suelen pertenecer a alguna iglesia, que cumple funciones de representación identitaria, pero también –y esto es muy determinante– prácticas asistenciales en servicios comunitarios como la alimentación, la educación, la asistencia a los discapacitados o los ancianos. Los italianos, por su parte, mantienen sus fiestas a San Antonio o el santo correspondiente incluso en las grandes ciudades como Boston o Nueva York. Y los irlandeses, el Saint Patrik, que celebran con orgullo cada diecisiete de marzo en todos los Estados Unidos vestidos de verde y con grandes dosis alcohólicas. Sin duda, el grupo étnico que mantiene más cohesión territorial es el de los indios nativos. Pero ya sabemos a qué precio: la reserva, el aislamiento del mundo sociocultural, económico, político y tecnológico del país. Sometidos y reducidos a sustrato antropológico o reclamo turístico, practican un modo de vida que realimenta su situación subalterna. Una situación similar es la de los Amish, apartados del presente por propia decisión.

Todos estos grupos, con alguna excepción, asisten a las mismas escuelas, ven las mismas networks de televisión y sigue los mismos equipos de baloncesto y de béisbol. Y, por supuesto, todos sirven en el mismo ejército. La consecuencia es muy evidente. El inglés es para todo ellos una lengua de llegada, el símbolo de la integración en la tierra de acogida y el instrumento que les permite dejar de ser inmigrantes. La grandeza integrativa de la lengua inglesa incluye, como es natural, la propia perversión. Las lenguas originales –por mucho valor identitario que mantengan en los grupos de origen– son expulsadas de los circuitos públicos. Por un tiempo –quizá una sola generación– seguirán cumpliendo las funciones de la oralidad y la informalidad. Pero la cultura de masas y la actividad económica –los dos ámbitos básicos de integración definitiva en la nueva sociedad– establecerán una jerarquía sociolingüística inapelable. El inglés es la carta de naturaleza que les permite abandonar la condición de emigrante y el factor imprescindible para la promoción social y económica. Quizá deberíamos sacar alguna consecuencia.

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